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25 de agosto 2021

Universidad, juventud, desafíos

Opinion

El rector de la Universidad Nacional de Avellaneda, Jorge Calzoni, propone como recrear los prejuicios de juventud. Cómo pasar del problema al desafío. Qué se pudo en su universidad.

Por Ing. Jorge Calzoni | Rector de la Universidad Nacional de Avellaneda

Está bien empezar por el principio. Y el principio, en este caso, es dejar de lado un prejuicio sólidamente instalado: considerar a la juventud como un “problema”. Tanto mejor (y mucho más responsable, en el sentido más pleno del término) es tomar en cuenta las problemáticas, los desafíos y las crisis que rodean a la juventud, para intentar, junto con ellos/as, una contribución real para afrontar ese escenario. Esto implica, entre otras cosas, considerar las dificultades y los conflictos de la sociedad y el modo en que impactan en su bienestar, y en cómo restringen su progreso posible. Se trata, así, no de pensar a la juventud como una población necesitada de intervención o reparación, sino como un colectivo de sujetos/as no pocas veces desprovistos/as de oportunidades y medios para actuar y decidir ante las dificultades y los retos que la sociedad les presenta. En otras palabras, la discusión o el análisis de los conflictos de la juventud no puede significar verles como víctimas o victimarios/as, sino como protagonistas que necesitan de más y mejores modos de actuar y decidir. Una clave posible es propiciar mayores y mejores espacios de actuación y decisión social de modo que puedan asumir el papel central e imprescindible para que ejerzan el poder político y simbólico en favor de sus propios intereses y necesidades.

No es un concepto que resguarde en su seno una definición unívoca. En realidad, contiene una potencia polisémica en permanente revisión. Si seguimos, por ejemplo, a Klaudio Duarte Quapper en «¿Juventud o juventudes? Acerca de cómo mirar y remirar a las juventudes de nuestro continente» (Solum Donas, 2001), podríamos considerar los cuatro sentidos en base a los que se aproxima a una definición: como una etapa de la vida; como un grupo social; como un cierto conjunto de actitudes ante la vida; y como idealización y/u objetivación esencialista: “es la salvadora del mundo”. Y a ello aún es posible incorporar la dimensión situacional: la juventud en un cierto momento, en un cierto lugar, en determinadas circunstancias. Es evidente, entonces, que comprender la dimensión problemática de la juventud requiere aproximarse a enfoques y criterios tan diversos como complementarios.

Los desafíos de esta hora —fuertemente agravados por la irrupción devastadora de la pandemia— no pueden ser más acuciantes: desarrollo económico y social; reducción de la pobreza y de la desigualdad; promoción del crecimiento sustentable; mejora en la calidad de vida. Nuestra juventud, a diferencia de las generaciones precedentes, cuenta, para afrontar esos retos, de ventajas relativas importantes: tiene niveles educativos más altos; maneja las nuevas tecnologías de producción, comunicación y procesamiento de la información; es dúctil a los cambios. Sin embargo, y de manera inseparable, padece altos grados de exclusión social; altas tasas de desempleo; situaciones de riesgo en proporciones alarmantes; y bajos niveles de participación en la toma de decisiones.

Se trata, así, no de pensar a la juventud como una población necesitada de intervención o reparación, sino como un colectivo de sujetos/as no pocas veces desprovistos/as de oportunidades y medios para actuar y decidir ante las dificultades y los retos que la sociedad les presenta. En otras palabras, la discusión o el análisis de los conflictos de la juventud no puede significar verles como víctimas o victimarios/as, sino como protagonistas que necesitan de más y mejores modos de actuar y decidir.

En este marco (apenas esbozado aquí, por las limitaciones de espacio de esta conversación que tanto me interesa propiciar), es imperiosa la pregunta respecto de cuáles son los límites y las posibilidades de nuestra juventud universitaria. La UNDAV ha tenido, desde sus primeros momentos fundacionales y en todo su recorrido, una juventud protagonista, comprometida y militante, allí donde este concepto adquiere significación plena, puesto que abarca el sentido de pertenencia territorial, el orgullo de ser un núcleo fundamental de la andadura institucional y una parte insustituible del diálogo permanente y sostenido con la sociedad de la que somos parte.

Nuestra juventud ejerce, por ello mismo, una doble ciudadanía: la universitaria y la política. Se organiza alrededor de su agremiación como estamento universitario, de sus diversas pertenencias al interior de nuestra Casa de Estudios y de sus propias definiciones políticas más generales, en relación con el protagonismo que le cabe como parte fundamental de la vida social, económica y cultural del país, de la región y, claro, de nuestra inserción en la querida Avellaneda. Esa múltiple pertenencia, rica y desafiante, exige compromisos no contingentes, puesto que el fortalecimiento de las instituciones sociales es inseparable del que requiere la Universidad en su conjunto. Esto demanda la articulación virtuosa entre el pleno ejercicio de la ciudadanía universitaria y la ciudadanía política, para que nuestra Casa no resigne espacios ni derechos, indispensables para consolidar tanto su crecimiento como su proyección.

Un caso emblemático de cómo esta articulación del compromiso se hace patente es el que le toca sufrir a nuestra Universidad en relación con el edificio “Beatriz Mendoza” otorgado a la UNDAV por medio de un convenio firmado entre el Municipio de Avellaneda, la Autoridad de Cuenca Matanza Riachuelo (ACUMAR) y la UNDAV, destinada al Departamento de Ambiente y Turismo desde 2012 para la construcción de 17 aulas, un laboratorio ambiental, una biblioteca y un laboratorio de ambiente y física. En una medida autoritaria impulsada por el Municipio de Avellaneda nos vemos aún hoy privados de un espacio vital para el desarrollo de las carreras en momentos en los que se plantean urgentes necesidades edilicias vinculadas al contexto de pandemia.

¿No sería deseable, por ejemplo, que la voz de nuestra juventud universitaria se oyera en los espacios de decisión democrática del Municipio para hacer cierto el compromiso que hemos asumido de fortalecer mutuamente el crecimiento y la consolidación proyectiva de Avellaneda, su universidad, su gente y su juventud?

Este tiempo es particularmente propicio para responder juntos/as esa pregunta.

Tags: Avellaneda, Calzoni, Desafíos, juventud, Universidades

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