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18 de noviembre 2020

Los vínculos hoy

Opinion

El médico psiquiatra y psicoanalista Marcelo Halfon escribe sobre cómo impactan los vínculos en la pandemia. Qué es la nueva normalidad.

Por Marcelo Halfon

La pandemia y la llamada “nueva normalidad” nos han llevado a escuchar en repetidas ocasiones ciertos términos que, entiendo yo, merecen ser revisados conceptualmente.

Dentro del mencionado grupo se encuentra la palabra vínculos. En un sentido amplio, supone las relaciones de unos con otros, incluyendo semejanzas y diferencias. Esto es, cuando decimos “fulano es parecido a zutano” u “hombres,  mujeres, niños, ancianos, diferencias de edades, de sexo, etc.”. Pero en un sentido estricto, propiamente dicho, vínculo es el trabajo psíquico que debemos hacer para relacionarnos con lo más desconocido del otro, que también puede incluir el desconocimiento que el otro tiene de sí mismo y cómo influye eso en la relación. Por eso muchas veces quedamos perplejos o atónitos cuando el o los otros dicen o hacen algo totalmente impensado para uno mismo, o al menos para la concepción que uno tiene del otro. Es aquí donde aplica el principio de incertidumbre en los vínculos: es imposible tener un conocimiento a priori sobre lo más desconocido del otro.

Otro concepto que circula es el de contacto. Si bien la RAE subraya el sentido del tacto (tocarse), yo quiero hacer hincapié en el “con”: medio, modo o instrumento que sirve para hacer algo. Y aquí  resalto: medio y hacer en los vínculos. A lo que me refiero es, cuando hablamos de contacto entre sujetos, ¿tenemos que tomarlo literalmente en el sentido del tacto? ¿o podemos ampliar el concepto? Esa pregunta nos lleva a lo que sucede en la actualidad. La realidad de hoy nos impone el desafío de un quehacer psíquico necesario e imprescindible para verdaderamente vincularnos. Por eso la restricción sanitaria que impide tocarnos en el literal sentido de la idea de contacto nos obliga a “otro modo” de relacionarnos. Es aquí donde ante la ausencia presencial del otro recurrimos a un medio diferente: la pantalla. Allí toman relevancia los contactos visuales y auditivos, que vehiculizan casi con exclusividad nuestras diferentes emociones. ¿Pero qué sucede, por el contrario, con el exceso de presencia con nuestros convivientes al que nos obliga el aislamiento? Puede traducirse en distintas manifestaciones afectivas: aumento de la susceptibilidad ante la cercanía del otro, tensiones y/o conflictos soslayados por la vieja normalidad, aparición de aspectos hasta ahora inéditos en las relaciones y la necesidad de hacer algo con ellos, entre otros.

Para muchos el hogar es ahora el escenario, no solo de encuentro con la pareja o la familia, sino que además, en una gran cantidad de casos, también pasa a ser el nuevo espacio laboral. Y aquí, ¿qué sucede cuando padre, madre, hijo, hija, hijes están obligados a continuar con sus respectivas actividades bajo un mismo techo? ¿qué sucede cuando estos padres de niños o adolescentes deben convertirse en docentes y sus hijos se encuentran descolocados frente a ese nuevo rol y se ven obligados a contactarse con sus docentes y compañeros a través de la mencionada pantalla? Todo conduce a una serie de efectos indeseables, con padres agotados e irritados e hijos e hijas desganados y/o enojados.

Existe un contraste entre la hipersensibilidad afectiva (“extraño los abrazos”) producto de las ausencias significativas en la vida emocional, desde las transitorias hasta el dolor intenso de las definitivas, y, por otro lado, la ya descripta excesiva susceptibilidad ambiente efecto del estado de hiperpresencia.

Algunos estados de patologización actual son el agotamiento por exceso de exposición a la pantalla, el desarrollo de fobias hacia el mundo exterior (espacios, objetos, personas) y la exacerbación de los perfiles de personalidad previa (el retraído, el expansivo, el egoísta, el solidario, el ansioso, el depresivo, el obsesivo, entre muchos otros). Sobre este último punto vale aclarar que lo que se resalta es un rasgo de carácter y no un encasillamiento diagnóstico.

Para concluir quiero hablar de Tánatos (pulsión de muerte) y lo imprescindible que es hacer un contraste con Eros (pulsión de vida). El primero aparece larvado o ruidosamente en el intento de realizar desestructuraciones manifiestas o latentes de lo vincular, que sostenemos en el “hacer” con otros en el trabajo psíquico como plena manifestación de Eros, tanto en el mantenimiento de la producción como la apertura a nuevos y significativos vínculos. Queda en nosotros decidir a cual privilegiamos.

Tags: Covid-19, Normalidad, Pandemia, Vínculos

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